Del fuego cubano al abrazo paraguayo: la travesía de un chef que cruzó el Amazonas para volver a empezar en CDE

Desde las calles cálidas de Cuba hasta el corazón multicultural de Ciudad del Este, la historia de Lázaro Fidel Sablon es un viaje marcado por el sabor, la resiliencia y una fe inquebrantable en su propio talento. Chef de alma inquieta y manos que aprendieron a honrar la tradición caribeña, Lázaro dejó atrás su tierra para construir un sueño gastronómico en la Triple Frontera. Hoy, con trayectoria en algunos de los restaurantes más destacados de la región y acompañado por su esposa —también cubana y parte fundamental de esta travesía—, su historia se convierte en un testimonio de esfuerzo, identidad y pasión por la cocina. Esta es la historia de cómo un chef cruzó fronteras para reinventarse… y cómo encontró en Ciudad del Este un nuevo lugar para brillar.

Hay historias que empiezan con un plato de comida. Y la de Lázaro comenzó con una olla de frijoles colorados burbujeando en la cocina pobre pero orgullosa de una casa cubana, donde su madre y su abuela cocinaban como si cada plato fuera una manera de protegerlo del mundo.

Dice que todavía puede oler esos frijoles. El bife acebollado de cerdo, los tostones crujientes, el aguacate fresco. “Ese es mi primer recuerdo en una cocina”, confiesa. “Tenía 8 o 10 años. Y ahí entendí —sin saberlo— que la cocina es un lugar donde pasan cosas importantes.”

Lo que no sabía aquel niño caribeño era que, décadas después, esa misma cocina lo empujaría al otro lado del continente, a atravesar el Amazonas durante tres días, a empezar de cero, a llorar de miedo, pero también de esperanza, en la frontera de Paraguay.

Esta es la historia de un hombre que perdió casi todo… y aun así construyó una vida nueva con fuego, cuchillos y un corazón que no sabe rendirse.


La isla, las raíces y la cocina que lo forjó “a los golpes”

Cuba no es solo su país: es su escuela, su carácter, su estética. “Cuba lo es todo en cuanto a mi persona refiere”, explica. Allí aprendió la disciplina “a la antigua”: ollas volando, platos rompiéndose, sartenes cayendo cerca de sus pies mientras los chefs veteranos gritaban órdenes sin anestesia.

Ahí también fríe pollo —solo pollo— hasta que sus manos sabían que 500 kilos por día no eran una exageración sino la rutina. Una rutina que, con los años, lo volvió resistente, tenaz, incansable.

Pero la cocina cubana tenía otro componente: el afecto.
Un caldito de la vecina. Una caldosa improvisada en el barrio. El olor del cerdo en la olla grande de las fiestas. “Es nuestra mezcla africana, española y caribeña”, dice con orgullo. “Una cocina alegre, aunque el país duela”.


El día que su madre dijo la frase que cambiaría sus vidas

Lázaro, su madre y su hija.

Era noviembre de 2019 cuando su madre, “una mujer visionaria”, pronunció una frase que quedó tatuada en la memoria familiar:
—Hijo, tenemos que irnos de Cuba.

La pandemia se acercaba. La situación se quebraba. La escasez ya no era una metáfora, sino una sombra diaria.
En Paraguay tenían un primo. Una pequeña oportunidad. Una chispa.

Así que hicieron lo impensable:
Cruzaron el Amazonas.
Tres días enteros.
Con miedo, esperanza y una maleta llena de más sueños que ropa.

Del otro lado los esperaba Ciudad del Este: ruidosa, contradictoria, comercial, mestiza, completamente distinta al mundo donde él había crecido.

“Fue un golpe brutal”, recuerda. “Era pasar del comunismo al capitalismo. Del no tener nada a ver demasiado.”


Lo que dejó atrás: el dolor que nunca se dice en voz alta

Hablar de lo que dejó en Cuba todavía le quiebra el tono.
Su abuelo.
Su hermano.
La tumba de su padre.
El mar —su refugio, su silencio favorito.
La casa donde creció.
Los amigos.
El paisaje emocional de toda una vida.

Dejar un país, dice, “es como dejar un pedazo del alma en tierra firme”.


El renacer en Paraguay: 450°, Brooklyn, eventos y una nueva familia gastronómica

Cuando llegó a CDE trabajó en distintos restaurantes hasta convertirse en subchef y luego chef en Puerto 797.
En 450 Pizzería fue el primer pizzaiolo.
Luego pasó por Brooklyn Kitchen & Bar.
Eventos, bodas, cenas privadas, turnos eternos.

Y en el camino encontró mentores.
Uno en Cuba: Meñique.
Otro en Paraguay: Nohan Martínez, quien creyó en él desde el primer día.
“Me enseñó todo sobre el asado paraguayo”, cuenta, todavía sorprendido del vínculo.

Su cocina empezó a cambiar.
Se volvió una mezcla hermosa entre Cuba y Paraguay: ropa vieja con ossobuco, arroz con frijoles, plátano frito y cerveza paraguaya.
Queso Paraguay —su ingrediente favorito— junto a sabores heredados del Caribe.

Tres palabras lo definen:
Creativo. Profesional. Gourmet.


La triple frontera: una sorpresa cultural

“Me voló la cabeza”, dice, recordando su primera mirada gastronómica a Ciudad del Este.
Un lomito árabe junto a un frango passarinho.
Un shawarma al lado de una costilla.
Una pizza napolitana frente a un sushi.

“Esta ciudad es un caos hermoso”, asegura.
Y ese caos se convirtió en su hogar.


Hoy: Bruto Parrilla de Barrio, el proyecto que cuenta su historia

Hoy es Chef Ejecutivo de Bruto Parrilla de Barrio, su casa profesional y emocional.
Una parrilla chill, honesta, distinta, con identidad propia.

Allí cocina para los demás, pero también para sí mismo.
Allí sueña con lo que vendrá.
Allí imagina su restaurante de cocina fusión cubano-guaraní que abrirá “en unos años”.

Porque para alguien que cruzó el Amazonas, los sueños no se negocian:
se persiguen.
se trabajan.
se cocinan a fuego lento.


El mensaje final de un hombre que empezó de cero:

“Que nunca duden de su capacidad.
Que trabajen.
Que pongan a Dios adelante.
Que sean fuertes.
Y que no tengan miedo de empezar otra vez.”

Él lo hizo.
Dejó su isla, su casa, su gente.
Cruzó un continente.
Y encontró en Paraguay —en el humo de una parrilla, en el olor del queso Paraguay, en el abrazo de una ciudad que mezcla culturas— una nueva vida.

Una vida que ahora cocina para compartir con todos.